Capitulo 48

El viaje hacia el sur no era una huida, era una procesión sombría bajo el palio de un invierno que se negaba a ceder. El carruaje real, una estructura reforzada de madera de ébano y hierro, avanzaba con un traqueteo constante que Astraea sentía en la base de su cráneo. A pesar de los cojines de seda y las pieles de oso que la envolvían, ella no encontraba descanso. El aire dentro del vehículo se sentía pesado, cargado con el aroma de la cera de las velas y el sándalo que Valerius siempre desprendía, una fragancia que se entrelazaba con su propia esencia de una manera que la confundía y la reconfortaba a partes iguales.

El primer día de este largo conteo regresivo comenzó con el cruce definitivo del Gran Puente de Piedra. Al dejar atrás las tierras del norte, el paisaje cambió sutilmente. Los pinos negros de la Luna Plateada dieron paso a los robles milenarios del territorio Lycan. Valerius cabalgaba al lado de la ventana de Astraea, con su armadura de combate aún manchada por la ceniz
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