El viaje hacia el sur no era una huida, era una procesión sombría bajo el palio de un invierno que se negaba a ceder. El carruaje real, una estructura reforzada de madera de ébano y hierro, avanzaba con un traqueteo constante que Astraea sentía en la base de su cráneo. A pesar de los cojines de seda y las pieles de oso que la envolvían, ella no encontraba descanso. El aire dentro del vehículo se sentía pesado, cargado con el aroma de la cera de las velas y el sándalo que Valerius siempre despre