La luz plateada del amanecer se filtraba por las altas ventanas del Salón de los Tapices cuando Astraea fue conducida a su primera "visita de supervisión". Caminaba con la espalda recta, tal como Lady Elara le había enseñado, pero sus manos estaban ocultas en los pliegues de su vestido para que nadie viera su temblor.
Mikhail y Soren caminaban a su lado, sus rostros como máscaras de piedra, con las manos apoyadas en los pomos de sus espadas. Al llegar a la antecámara, Silas estaba allí.
No vestía como un guerrero del norte, sino con ropajes de la capital, intentando camuflarse en la sofisticación del sur. Pero su olor lo delataba: era el olor a pino húmedo y a la feromona dominante de la Luna Plateada.
—Astraea —dijo Silas, haciendo una reverencia burlona—. Mírate. Si no te conociera, diría que realmente perteneces a estos pasillos de mármol.
Astraea se mantuvo a dos metros de distancia. —Silas. ¿Qué haces aquí? El Rey dijo que solo vendrías a supervisar mi bienestar.
—Y eso hago, pri