El Palacio de Invierno era una joya arquitectónica.
Paredes de mármol blanco. Grifos de oro. Alfombras tejidas con hilo de plata.
Pero las ventanas tenían rejas. Y en el pasillo, cada diez metros, había un Guardia Real con armadura dorada.
—Es una jaula muy bonita —dije, dejándome caer en la cama gigante con dosel de seda—. Pero sigue siendo una jaula.
Rafael estaba junto a la puerta, olfateando el aire.
—Huele a ellos —gruñó la Bestia—. Huele a mentiras.
—Tranquilo, viejo lobo —le dije—. Estam