—¡MATADLA! —chilló el Anciano.
No me moví.
Ni siquiera parpadeé.
Porque sabía que mi perro no dejaría que me tocaran.
Una sombra cruzó el aire.
¡CLANG!
Damián aterrizó frente a mí. Sus dos espadas bloquearon cuatro lanzas al mismo tiempo. El impacto hizo saltar chispas.
—¡ATRÁS! —rugió Damián.
Su grito no fue humano. Fue el aullido de un lobo que defiende a su camada.
Empujó a los guardias hacia atrás con una fuerza bruta que los hizo tropezar.
Damián se giró hacia el Rey Magnus, jadeando, con