Goliath no lo vio venir.
El gigante ciego, confiado en que había aplastado el corazón de su oponente, bajó la guardia para limpiarse la sangre de los ojos.
Fue su último error.
Damián, con cuatro agujeros en el pecho y el alma sostenida solo por mi voluntad, se lanzó hacia arriba.
No usó su espada. Usó sus dientes.
Se aferró al cuello de tronco de roble del gigante como una garrapata rabiosa.
—¡Muere! —bramó Damián, con la boca llena de arterias.
Mordió. Sacudió la cabeza. Tiró.
¡RASSSS!
El son