El desafío quedó flotando en el aire del Salón del Juicio.
Mis hombres estaban listos para morir. Pero yo no quería mártires. Quería súbditos.
Di un paso adelante, separándome de mi guardia.
—No necesito que nadie pelee por mí —dije, mi voz resonando clara y dulce—. Puedo defenderme sola.
El Rey Magnus se recostó en su trono, curioso.
—Adelante, niña. Defiéndete. Pero no me aburras.
Caminé hacia el centro del estrado, girándome para enfrentar a los cientos de nobles que llenaban las gradas.
Ali