El Ala Oeste del Palacio de Invitados era una jaula de oro.
Sábanas de seda. Fruta fresca en bandejas de plata. Vino añejo.
Y barrotes de hierro estelar en las ventanas.
Estábamos solos. Los guardias se habían retirado al pasillo, dejándonos "descansar" antes del juicio.
Rafael caminaba de un lado a otro, gruñendo bajo. Su mente entraba y salía de la lucidez, pero su instinto de protección estaba al máximo.
Víctor estaba sentado en el suelo, dibujando planos de la ciudadela en una servilleta co