Las puertas de hierro negro de la Ciudadela Lycan se abrieron con un chirrido que lastimó los dientes.
Nuestro carruaje se detuvo justo en el umbral.
—Entramos bajo bandera de tregua —dijo Víctor, mirando a los arqueros en las murallas con desconfianza—. Pero nos apuntan como si fuéramos invasores.
Miré a través de la ventanilla.
La avenida principal de la capital se extendía ante nosotros. Piedra blanca.
Estandartes dorados del Consejo. Y gente. Miles de lobos de todas las castas, reunidos par