Las puertas de bronce del Salón del Juicio eran dos muros inmensos grabados con la historia de la raza Lycan.
Se abrieron lentamente.
El ruido de adentro nos golpeó como una ola física. Murmullos. Risas. El sonido de cientos de sedas rozando contra el mármol.
La corte entera estaba allí. Nobles de todas las manadas del continente, vestidos con sus mejores galas para ver caer a la "Hereje".
—Caminan erguidos —me susurró Rafael, que iba a mi derecha, tenso como un resorte—, pero huelen a hienas.