El pomo de la puerta giró lentamente.
Rafael y Mateo se habían ido al baño a limpiar el aceite de sus manos. Estaba sola en la cama, flotando en una nube de endorfinas.
Entonces, la puerta se abrió de golpe.
No fue el viento.
Una sombra se lanzó sobre mí antes de que pudiera parpadear.
—¡Muere, bruja!
Vi el brillo de la plata. Un cuchillo.
Rodé hacia la derecha por puro instinto.
¡RAS!
La hoja rasgó la sábana de seda justo donde había estado mi garganta un segundo antes.
—¡Damián! —grité, pero