El sótano olía a hierro, humedad y derrota.
Bajé las escaleras de piedra despacio, saboreando el eco de mis propios tacones.
Clac. Clac. Clac.
Llevaba una bata de seda negra, abierta por delante. Debajo, no llevaba nada más que mi piel y las marcas rojas que Rafael y Mateo habían dejado en mi cuerpo esa mañana.
Llegué a la Celda 1.
Mi antigua celda.
Pero ahora, el inquilino era otro.
Damián estaba encadenado a la pared del fondo. Tenía los brazos estirados sobre su cabeza, sujetos con grilletes