El aire de la cabaña se sentía pesado. Denso.
Pero no era suficiente.
Me miré las manos. Las venas de mis muñecas brillaban con un tono rojizo tenue, pero parpadeaban.
Mi reserva de energía estaba baja después de mantener el control mental sobre Mateo y lanzar el ataque psíquico a Damián.
Necesitaba recargar.
Y necesitaba hacerlo rápido.
Miré a Mateo. Seguía atado a la cama, respirando con dificultad, con los ojos clavados en mí. Su erección no había bajado ni un milímetro. Estaba sufriendo.
—T