El campo de batalla estaba en silencio.
Diez mil soldados de la Guardia Real formaban un muro de oro y acero frente a la tienda de Magnus.
Lanzas en alto. Arcos tensados. Magos preparando bolas de fuego.
Y frente a ellos, caminando sola por la tierra de nadie, estaba yo.
Desnuda.
Mi piel brillaba bajo la luna, cubierta de runas rojas que palpitaban al ritmo de mi corazón.
No llevaba espada. No llevaba escudo.
Llevaba mi cuerpo.
—¡Fuego! —gritó un comandante desde la primera fila.
Nadie disparó.