Me desperté de golpe.
No fue un ruido. Fue un silencio.
El lado izquierdo de mi pecho, el que alimentaba a Kael, se enfrió de repente.
Me levanté de la mesa de mapas, apartando los brazos de Mateo y Damián que me retenían en un abrazo post-orgásmico.
—¿Valeria? —murmuró Rafael, todavía aturdido por el placer.
—Kael —dije.
Corrí hacia la ventana.
Miré hacia el campamento enemigo.
Allí, bajo la luz violeta de la tienda real, vi dos sombras. Una inmensa. Otra pequeña.
Cerré los ojos y me concentré