Volví al castillo con el sabor de Magnus todavía en la boca.
Mis hombres me esperaban en el patio. No estaban entrenando. Estaban parados en fila, tensos como cuerdas de violín a punto de romperse.
Rafael gruñía por lo bajo, arañando el empedrado con sus botas. Damián tenía la mano en el cuchillo. Mateo y Víctor me miraban con ojos de cachorros abandonados.
Olían mi aura.
Olían el deseo del Rey. Olían su semen en mi piel (aunque no hubiera entrado en mí, la magia residual estaba ahí). Y olían l