El olor a sangre infestaba el bosque. Pesado, viscoso, impregnado en cada hoja, en cada soplo de viento. Lyra sentía el sabor metálico en el aire, sentía la adrenalina pulsando bajo la piel plateada de la loba que ahora era. Sus músculos vibraban con cada paso, el corazón latía como un tambor de guerra.
Los ojos plateados rastrearon los alrededores, atentos: había más de ellos.
Pasos apresurados.
Armas recargándose a toda prisa.
Y, entonces, gritos.
—¡Allí! ¡Está allí! ¡Disparen!
Las balas c