El amanecer en Bogotá tenía un color particular, un gris acerado que parecía infiltrarse en los huesos antes de que el sol lograra rasgar las nubes. Layla se ajustó el cuello de su chaqueta impermeable, sintiendo el viento helado que bajaba de los cerros orientales. A su lado, en el asiento del conductor de la camioneta, Mateo le ofreció un vaso térmico con café caliente. Ella lo tomó con ambas manos, dejando que el calor traspasara sus guantes de cuero.
—¿Lista para tu primer día oficial como