El zumbido constante de la lluvia golpeando el techo de zinc del contenedor se había convertido en la banda sonora de la vida de Layla. Llevaba cuatro días seguidos quedándose hasta después de las nueve de la noche, sumergida en un océano de carpetas manila, discos duros y planos topográficos. Había cumplido su promesa: sus botas estaban perpetuamente cubiertas de una costra de barro grisáceo, y había cambiado sus blusas de seda por camisas de algodón grueso y un chaleco reflectante que ya olía