La luz de la pantalla del portátil era la única iluminación en el pequeño apartamento de Chapinero. Afuera, el cielo de Bogotá había desatado uno de sus característicos aguaceros de media tarde; una cortina de agua gris y pesada que repiqueteaba contra los cristales con una furia rítmica.
Layla llevaba más de una hora sentada en la silla del escritorio, con una taza de café colombiano ya frío entre las manos, mirando la fotografía adjunta en el correo electrónico.
Era la boda de Adriana y Alan.