La mañana siguiente llegó con un silencio extraño, denso, como si la casa también sintiera la tensión que Ana llevaba en el pecho.
No había dormido bien; sus pensamientos se mezclaban una y otra vez con la imagen de Isabella, esa sombra que parecía rondar su felicidad sin descanso.
Leonardo, en cambio, despertó sonriente. Se giró hacia ella, acariciando con ternura su vientre.
—Buenos días, mi amor —susurró, dejando un beso suave—. Soñé que el bebé se llamaba Luciano.
Ana sonrió, apenas un