La tarde era cálida y Ana permanecía sentada frente a la mesa, con una mano acariciando su vientre y la otra sosteniendo la taza humeante. Aún no podía creer que en pocos meses sería madre… y esposa.
El anillo brillaba recordándole que su vida había dado un giro inesperado, de esos que solo el destino se atreve a escribir.
Leonardo apareció poco después, sonreía como si nada en el mundo pudiera salir mal.
—Que hace mi futura esposa —dijo con una voz grave, acercándose a besarle la frente.
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