El sol se filtraba perezoso entre las cortinas blancas de la cabaña. Ana fue la primera en abrir los ojos. Durante unos segundos permaneció quieta, observando el rostro de Leonardo dormido a su lado. Su respiración era profunda, serena. Tenía una mano apoyada sobre el pecho y una expresión tranquila, como si por fin hubiera encontrado descanso después de tanto tiempo.
Ana sonrió. En silencio, miró su anillo. El brillo del diamante se mezclaba con la luz del amanecer, pero lo que realmente la co