El sonido del ascensor se apagó detrás de Ana cuando llegó al pasillo del apartamento. Eran casi las siete de la tarde y el cielo, visto desde los ventanales, tenía un tono rosado que anunciaba el fin del día. Dejó el bolso sobre el sofá y se quitó los tacones, dejando escapar un suspiro largo. A pesar del cansancio, una sonrisa leve le iluminaba el rostro.
—¡Clara! —la llamó desde la sala.
La voz de su amiga llegó desde la cocina, acompañada del sonido de ollas y del aroma a pasta recién hecha