El reloj del vestíbulo marcaba las ocho en punto cuando Ana cruzó las puertas de Santori Corp. El aire olía a café recién hecho y a perfume caro; la rutina de la empresa ya se sentía viva, con empleados caminando rápido, saludando con formalidad.
Apretó la carpeta contra su pecho y sonrió levemente al guardia antes de dirigirse al ascensor. Era su tercera semana en el trabajo, y aunque aún no se sentía completamente parte de ese mundo, ya no le temblaban tanto las manos al saludar.
Al llegar al