Ana apagó el computador y se quedó mirando unos segundos la pantalla vacía.
La conversación con Leonardo aún le daba vueltas en la cabeza.
No solo por lo que había dicho, sino por cómo la había mirado, con esa mezcla de autoridad y preocupación que la desarmaba.
Se frotó las manos, intentando calmar el leve temblor en sus dedos.
Sabía que tenía razón: no debía irse sola.
Pero también sabía que no soportaría otro día sintiéndose vigilada.
Tomó el teléfono y marcó un número.
—¿Aló? —respondió la