Las luces del Instituto Nueva Era parpadeaban mientras Ana salía del edificio. La noche había caído, y el aire fresco le despejaba el rostro después de un día intenso de clases. Sus pasos resonaban sobre la acera vacía y las hojas secas que el viento movía suavemente. La ciudad estaba tranquila, solo el murmullo lejano de autos y algunos transeúntes rompían el silencio.
Ana caminaba con la mochila colgando de un hombro, el cuaderno bajo el brazo. A pesar del cansancio, sentía una satisfacción