Ana estaba agotada de esperar. Cada día revisaba su celular con la esperanza de encontrar una llamada perdida, un mensaje, un correo… algo que le diera un respiro. Pero lo único que encontraba era silencio. Se sentía atrapada en un círculo vicioso de ilusiones rotas.
Una tarde, mientras estaba sentada en el sofá con el ceño fruncido, Clara entró con dos tazas de café y se las dejó sobre la mesa.
—Ya basta, Ana —dijo con voz firme—. No puedes seguir viviendo así, esperando a que te llamen.
Ana a