Los días siguientes transcurrieron con una calma en apariencia extraña. Martín se comportaba como si Ana no existiera: no la miraba, no la tocaba, no le dirigía palabra alguna, más allá de lo indispensable. El silencio de la casa se volvió pesado, pero distinto al de antes; ya no había gritos, ni discusiones, ni reproches, sino una indiferencia helada que resultaba igual de hiriente.
Ana, mientras tanto, seguía atrapada en sus pensamientos. La pregunta que había dejado escapar en voz baja seg