La casa estaba envuelta en un silencio pesado, un silencio que parecía comprimirse en cada rincón, como si la oscuridad misma contuviera la tensión. La luna se colaba por las ventanas, dibujando líneas plateadas sobre los muebles y alargando las sombras que la noche proyectaba en las paredes. Ana caminaba con cuidado, sus pasos casi imperceptibles sobre el piso frío. Cada crujido de la madera parecía amplificado, y cada sombra parecía moverse con vida propia.
Sabía que Martín aún estaba enojado