La casa amaneció en silencio, pero no en paz. Ana llevaba horas despierta, moviéndose como un fantasma por la cocina, recogiendo pedazos del celular que Martín había destrozado la noche anterior. Cada fragmento era un recordatorio de la humillación, de la impotencia, de ese instante en que había sentido que ya no tenía escapatoria.
En la madrugada, cuando Martín por fin se quedó profundamente dormido, Ana encendió con manos temblorosas el computador viejo del escritorio. Apenas podía ver con