Esa tarde, mientras Ana recorría los pasillos del hospital, algo en el ambiente parecía distinto. No era el bullicio habitual ni el ritmo acelerado de las urgencias. Era una sensación sutil, como si el aire se hubiera vuelto más denso. Saludó a sus compañeros, revisó su agenda, y se dirigió a la sala de descanso para tomar un café. Al pasar por la ventana del pasillo, se detuvo. Afuera, entre los árboles del jardín, había un hombre de pie. No hacía nada. Solo miraba hacia el edificio.
Ana sinti