—Sí, Alejandro —dijo finalmente, con voz grave—. Sé que tuve una hija. Fue hace mucho, cuando era joven, imprudente, y creía que el amor podía surgir en una sola noche.
Se volvió lentamente, enfrentando a Alejandro con una expresión que mezclaba vergüenza y dolor.
—Su nombre era Teresa Beltrán. Una mujer intensa, magnética… manipuladora. Bastó un abrazo, una noche, para que me envolviera. Cuando me dijo que estaba embarazada, intenté hacerme responsable. Quise estar ahí. Pero ella… desapareció.