—¡Basta! —La voz de su madre cortó el aire como un látigo. El padrastro giró hacia ella con una ceja levantada, divertido.
—No sigas hablando, por favor —dijo la madre de Ana, con un tono que intentaba sonar firme, pero que se quebraba por momentos—. Ana… déjame explicarte. No todo fue como él lo cuenta.
Ana la miró sin decir nada. Su rostro era una máscara de hielo.
—Yo… yo estaba enamorada. Era joven, impulsiva. Pensé que, si él sabía que estaba embarazada, se quedaría conmigo. Pero no fue as