Ana, con los ojos aún húmedos por todo lo vivido, tomó la mano de Alejandro con delicadeza.
—¿Puedes dormir conmigo? —susurró—. Necesito sentir que estoy a salvo.
Alejandro no respondió con palabras. Se acomodó a su lado, rodeándola con sus brazos cálidos, como si su cuerpo pudiera protegerla del pasado. Ana se acurrucó contra su pecho, respirando su aroma, ese que desde siempre le había transmitido calma. Por primera vez en mucho tiempo, su cuerpo se relajó. Y durmió.
Alejandro también. Sin sob