El reloj marcaba las tres de la madrugada cuando el doctor Ramírez, colega y viejo amigo de Ana, se acercó con expresión serena.
—Está estable —le dijo, con voz baja—. Solo fue una fractura en el brazo. Nada grave. Si quieres, puedes pasar a verla.
Ana no respondió. Se quedó mirando el suelo, como si las baldosas blancas pudieran darle una señal. Susan, que había permanecido a su lado en silencio, le tocó el hombro con suavidad.
—Es mejor enfrentar las cosas de una vez —susurró—. No por ella. P