Regresé a la sala de espera con una mezcla de emociones en mi pecho. Sentía el peso de la responsabilidad y al mismo tiempo una chispa de esperanza. La bebé, esa pequeña vida inocente, no tenía la culpa del caos que nos rodeaba, y yo haría lo que fuera necesario para protegerla.
Mi madre se levantó al verme llegar. Su rostro estaba marcado por la preocupación, pero también me ofrecía ese consuelo inquebrantable que solo una madre puede dar. Me tomó del brazo y me llevó a un rincón más privado.