Mónica
No sé cómo encontré las fuerzas para hacerlo, pero me acerqué a Jhoss, sintiendo el peso de cada palabra que estaba a punto de pronunciar. Su respiración era débil, su rostro sereno pero marcado por el cansancio de una lucha que duró más de lo que cualquiera habría soportado.
Me incliné hacia él, mis labios temblorosos junto a su oído, y le susurré lo más difícil que jamás había dicho:
—Puedes irte en paz, mi amor. No quiero seguir siendo egoísta. Tienes derecho a descansar. Si hay otra