No dormí.
No fue insomnio. Fue cálculo. Me quedé en la cama mirando el techo de piedra durante tres horas, con los ojos negros de Luciano,
Dante y Sael todavía impresos detrás de mis párpados como una fotografía sobreexpuesta, y fui catalogando mis opciones con la misma frialdad con que reviso una cuenta bancaria que ya sé que está en números rojos.
Opción uno: abogados. Impugnar la cláusula por omisión dolosa de información. Necesitaría dinero. No tenía dinero. Lo que tenía era un departamento