Sael me encontró en el jardín interior a media mañana.
No había ido a buscarlo. Estaba leyendo en el banco de piedra del patio central, con el sol de las diez llegando en diagonal entre los muros y el olor a jazmín mezclado con el de la piedra todavía húmeda de la noche anterior.
Sael apareció por el arco del ala sur con las manos en los bolsillos y esa forma suya de caminar que sugería que tenía todo el tiempo del mundo y no había ningún lugar donde necesitara estar más que aquí.
Se sentó a mi