Amanecía cuando terminamos.
Habíamos pasado de la biblioteca al comedor en las cuatro de la mañana, sin anunciarlo, simplemente porque las sillas eran más cómodas y porque necesitaba una superficie donde escribir mientras Perla hablaba.
Lo que había en el papel al final no era poco.
Rutinas de la hacienda: horarios, perímetros, turnos de presencia de cada hermano. Estado de la cláusula del testamento en cada momento relevante.
Conversaciones que Perla había escuchado en puertas no del todo cerr