El amanecer llegó sin pedir permiso, filtrándose entre las cortinas como un recordatorio cruel de que el tiempo no se detiene por nadie, y mucho menos por él. Sebastián abrió los ojos antes de que el sol terminara de asomarse y, durante un segundo, creyó que podría engañarse, que este sería un día normal. Que podría olvidar el peso que llevaba tatuado en la mente desde la medianoche.
Pero entonces sintió el ligero movimiento a su lado.
Isabella respiraba hondo, profundamente dormida, acurrucada