Cuando la noche vino, la casa olía a cena fría y a papeles. Hicimos el simulacro: las últimas contraseñas, la señal que lanzaría si me quedaba sin cobertura, la instrucción sobre lo que debía hacer si no volvía. Sus ojos parecían preguntar todo en silencio; no quería que la respuesta fuera impulsiva. Entré en ese ritual sabiendo que la mayor carga de la noche sería no contarle que, en mi cabeza, el Día 3 era una trampa diseñada para hacernos comparecer, no para ocultarlo.
Antes de dormir, Isabe