La puerta se cerró con un clic seco que sonó más alto que cualquier alarma. Me quedé mirando el lugar donde ella había estado—el bolso apoyado en la silla, la taza de café a medio beber—y por un instante la casa fue un territorio demasiado grande para mis pasos. Temí moverme, temí perder el hilo de todo lo que habíamos preparado.
Encendí las pantallas. El panel de control respiraba en códigos y gráficos; cada línea que se movía tenía nombre y podíamos seguir su pulso. Mi primer paso fue comprob