La mansión respiraba en ciclos de lujo y silencio. Los pasillos largos conservaban el eco de pasos que ya no regresaban; las arañas de cristal colgaban como constelaciones domesticadas; los jarrones rebosaban flores que no marchitaban porque la casa no permitía debilidad. Bella Millán se movía dentro de ese decorado como una actriz que aún no entiende bien si su papel la redime o la condena.
En el salón principal, el retrato de Carlos ocupaba un lugar de honor sobre la chimenea. Un óleo serio,