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Sebastián Vargas permanecía en la penumbra de su oficina, solo, rodeado de pantallas que parpadeaban con números, mapas y transacciones internacionales. Cada luz que titilaba en la ciudad parecía un recordatorio de que alguien observaba, de que cada movimiento podría ser relevante, y de que la seguridad de Isabella dependía de su capacidad para anticiparse a todo. La ciudad era un tablero y él, un jugador que debía prever cada movimiento antes de que ocurriera.
Había pasado años vigilánd