El nombre *Clara Vargas* comenzaba a tener un peso que Isabella no había previsto.
Era extraño cómo una identidad falsa podía volverse una segunda piel: firme en la superficie, pero con grietas invisibles que dolían al respirar. En el espejo del baño del pequeño apartamento que ahora ocupaba en el Upper West Side, se observó detenidamente. El cabello castaño, más claro que su tono natural, caía en ondas suaves sobre los hombros; el maquillaje era impecable, estudiado para dar la impresión de un