Cuando Asha despertó del quirófano, todo era una neblina espesa de luces blancas, ruidos lejanos y una sensación de vacío imposible de describir.
Por un momento, no supo si estaba soñando o si el dolor era real.
Pero entonces lo vio.
Bruno.
Sentado junto a ella, con los ojos enrojecidos por el cansancio, pero con la misma mirada firme de siempre. Estaba ahí, tal como le había prometido, sin moverse, como si el tiempo no existiera, si no era a su lado.
—Gracias… —murmuró ella con la voz rasposa,