Al día siguiente.
El amanecer se coló por las ventanas altas del taller, tiñendo de dorado los hilos de luz que bailaban sobre la superficie de la joya.
Dianella tenía las manos sudorosas, los dedos temblorosos mientras sostenía la pieza con infinito cuidado. Era hermosa. Un diseño intrincado, elaborado con precisión y amor. Casi todo lo había hecho ella.
Solo un viejo orfebre artesanal —amigo de su padre— la había guiado con paciencia y respeto.
Pero el resto... cada detalle, cada curva, cada e