La habitación estaba en silencio, pero el aire ardía. Elen apenas podía respirar.
Su pecho subía y bajaba con violencia, sus pupilas estaban dilatadas, sus mejillas rojas de confusión y rabia.
—¿Qué… no es qué? —preguntó con voz quebrada, dando un paso hacia adelante. Su tono no era de duda, sino de desafío, de dolor. Sus labios temblaban—. ¿Qué no soy tu hija? ¿Qué me compraste? ¿Qué soy una mercancía?
El mundo entero pareció tambalearse bajo sus pies. Todo lo que creía saber se deshacía, como