Asha y Bruno caminaban por el pasillo del hospital, con el eco de sus pasos, marcando el ritmo de una calma que les sabía a alivio.
Habían pasado horas en vela, temiendo por Dianella y Sebastián, pero ahora… ahora por fin podían respirar. Ambos estaban fuera de peligro.
La luz fría del hospital iluminaba sus rostros cuando, de pronto, una voz desgarrada rompió el silencio.
—¡Tú! —gritó una mujer, desde el otro extremo del pasillo—. ¡Tú, asesina!
Bruno se tensó de inmediato, y Asha se detuvo en s